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Bad Bunny para metaleros

¿Por qué odian tanto a Bad Bunny? El rock ha cometido los mismos pecados.  

Si usted es metalero radical, pare aquí y no perdamos la amistad. Si es reguetonero o hincha  de Bad Bunny, pare de sufrir por tantos ataques. Este texto es un análisis del fenómeno Bad  Bunny en clave de rock y metal, a propósito de la polémica generada tras la obtención del  premio Grammy 2026 en la categoría Álbum del Año.  

Cuando se anunció que Bad Bunny había ganado en la máxima categoría de la industria  musical, se desató un conflicto inmediato. Para algunos, se trató de un logro histórico para  su carrera, para la música latina y para Latinoamérica en general. Para otros, fue la  confirmación de la decadencia de los premios, de la música como arte y, en una lectura más  exagerada, de la decadencia occidental. 

Aparecieron los argumentos habituales: eso no es  música, eso no es arte, ese hombre no canta, el mundo se va a acabar. También, los elogios  de personas a los que les salvó la vida, los conmovió hasta las lágrimas o las trajo de regreso de la tragedia.  

En este contexto, tenía dos caminos: ignorar el asunto con desprecio o hacerme una opinión  sin prejuicios. Como aficionado de toda la vida al rock y al metal, vi la oportunidad de hacer  algo arriesgado: Escuchar detenidamente el álbum “Debi tirar más fotos” y hacer el  paralelo. Pasara lo que pasara.

El rock no es inocente 

Este texto parte de una premisa incómoda para muchos rockeros: el rock and roll, desde los  años sesenta, ha cometido pecados muy similares a los que hoy se le achacan a Bad Bunny.  Que hoy no sea un género masivo no lo absuelve de culpa. Si Bad Bunny balbucea, hay  rockeros que balbucean. Si, para algunos, sus letras son repetitivas, sexistas o mediocres,  el rock y el metal también lo han sido. Si todo responde a una lógica de mercado, marketing  y producto, la historia del rock está atravesada por ese mismo mecanismo desde hace más de cuatro décadas. 

Las redes sociales ardieron mostrando dos bandos irreconciliables. Algunos desde lo  musical, otros prefieren explicar el fenómeno como una conspiración política, ideológica: una maniobra de la izquierda, de la derecha, de las élites neoliberales o de alguna  combinación difusa de todo lo anterior, para dominar el mundo. 

Sin embargo, los  fenómenos culturales funcionan por ciclos. Como planteaba Alvin Toffler en La tercera ola,  el entrechocar de olas que van y vienen, no necesariamente anuncia la decadencia final de  la humanidad, sino transiciones optimistas hacia nuevas etapas. El rock ya vivió esos  miedos y sobrevivió.

¿Por qué lo odian tanto?   

Confieso que, como muchos, odié a Bad Bunny antes de escucharlo. Me obligaba mi  condición de rockero “serio” y veterano. En redes sociales abundan desde hace años  opiniones que lo presentan como un reguetonero mediocre, sin talento, que balbucea sobre  pistas prefabricadas, incluso con ayuda de inteligencia artificial. Me lo creí hasta que  escuché su mas reciente álbum galardonado. 

Debí tirar más fotos tiene un concepto claro  y un intento explícito de reivindicar raíces, memoria y cultura de Puerto Rico. Me ha parecido  meritorio y valioso.   Pero tampoco se puede afirmar que estemos frente a un álbum conceptual en el sentido  clásico del rock, como The Wall, Operation: Mindcrime o The Who. De no ser por el premio,  no veo una obra que parta en dos la historia de la música ni siquiera de la música latina.  Sigue siendo reguetón con fusiones del caribe, salsa y otros elementos latinoamericanos  que muchos artistas han incorporado desde hace al menos cuarenta años. 

Hay algunas canciones y videos que apelan acertadamente a la nostalgia, el pasaje costumbrista o a la identidad  regional, pero también están los clichés habituales del género urbano: obsesión sexual,  exaltación de capacidades amatorias y cosificación de la mujer. 

Nada que el rock no haya  hecho antes, solo que en otro idioma y con otra estética. 

Pero hay algo más. Una cosa es  pensar en Benito en medio del pogo thrashero y otra analizarlo teniendo como marco la  enfermedad o el desarraigo del migrante. Con esos ingredientes se entiende el fervor que  despierta en millones de seres, muchas veces apabullados por la incertidumbre o la indignación. 

Música para el consumo rápido 

Detrás de Bad Bunny hay, de manera innegable, una maquinaria de producción, arreglos y  estrategias orientadas al consumo masivo. Es, en principio, música diseñada para la playa  y el disfrute sin demasiadas complicaciones. Una especie de McDonald’s musical que en el  fondo tiene ingredientes de mayor densidad. Ahora bien, conviene recordar que el rock ya  pasó por ahí.  Kiss fue acusado en los años setenta de ser un producto plástico, reciclado, comercial y  hasta calculadamente demoníaco, que se hizo fuerte en el nicho de quinceañeros.

Antes de  eso, el rock fue señalado como corruptor de la juventud, promotor de promiscuidad,  enemigo de los valores tradicionales. Entonces, el discurso moral contra Bad Bunny no es  nuevo; solo cambió de banda sonora.  En los años sesenta, bandas emblemáticas del rock que no es necesario mencionar,  impulsaron una revolución cultural que incluyó protestas contra la guerra, cambios en la  moral sexual, experimentación alucinógena y musical. 

Muchas agrupaciones incorporaron  escalas, ritmos e influencias étnicas y regionales ajenas a la tradición occidental. Led  Zeppelin es un ejemplo evidente. El uso de orquestas, instrumentos no convencionales y  fusiones folclóricas no es una novedad, sino una fórmula conocida y ampliamente  explotada por la industria musical desde hace décadas.  

 “No canta” tampoco es argumento

 También se acusa a Bad Bunny de no tener técnica vocal, de balbucear, de arrastrar el  idioma español hasta el desprestigio. Son contextos distintos, pero el argumento no es  nuevo. El rock y varios de sus subgéneros siempre convivieron con voces imperfectas,  registros limitados y armonías que desafían la teoría.

Explicar el canto gutural a quien lo  escucha por primera vez, es tan difícil como exaltar el reguetón frente a quien lo desprecia.  Al gran Lemmy de Motörhead nunca se le entendió su acento de las tierras altas de Gales. Y  no le importaba ni eso nos desveló nunca. Al que le gusta, le sabe y “así es como hablamos  aquí”, dicen los defensores con toda razón. Ven en el conejo alguien que por fin los  representa sin filtros. 

Ruido político detrás del debate musical 

Creo que el conflicto que genera Bad Bunny está en la polarización política e ideológica que  rige en estos momentos al mundo. Es un enfrentamiento anticuado entre izquierda derecha,  donde la clase política es una sola, pero finge pelear y divide en dos para mantener y repartirse  la riqueza y el poder. Bad Bunny es señalado como un producto del progresismo  internacional, un instrumento de batalla cultural para atacar a una supuesta derecha  personificada actualmente en Donald Trump. 

Los detractores señalan la selectividad moral del artista: criticar políticas migratorias  actuales mientras se guarda silencio frente a mayores deportaciones durante otros  gobiernos, o denunciar supuestas intenciones autoritarias en Estados Unidos sin  mencionar dictaduras evidentes en países de Latinoamérica. El artista termina siendo utilizado  como herramienta de polarización política, algo que tampoco es nuevo para quienes  conocen la historia del rock.  

En los años ochenta, durante el ocaso de la Guerra Fría y antes del colapso de la Union  Soviética, el hard rock y el heavy metal fueron instrumentos culturales de Occidente. En  1989, un multitudinario concierto en Moscú reunió a bandas como Metallica, Mötley Crüe,  Bon Jovi y Skid Row, junto a grupos locales, el más celebre, Gorky Park.  Casi una invasión  pacífica de sonidos, formas de vestir, idioma y estilo de vida desenfrenado. 

Scorpions, con  su canción “Winds of change” es símbolo de la caída del muro de Berlin. Los dos  acontecimientos influyeron notoriamente y confirman que el cine y la música popular han  sido históricamente herramientas de influencia política e ideológica.  

 Sexo, escándalo y memoria selectiva 

No puede ignorarse tampoco el peso del mercado latino en Estados Unidos, con más de  cincuenta millones de personas y un poder económico y simbólico considerable. Para la  industria, ese público es estratégico. El fenómeno Bad Bunny también responde a esa  lógica. El marketing, los influenciadores y las estrategias calculadas no son un defecto, sino  parte del ADN de la música popular, incluido el rock y el metal.  

En cuanto a las letras sexuales, la crítica a Bad Bunny vuelve a ser selectiva. El rock ha sido  profundamente sexista y misógino. La película Spinal Tap lo satirizó precisamente por eso.  Entre los años setenta y ochenta, muchas agrupaciones normalizaron letras que hoy serían  inaceptables, incluida la apología del abuso de menores en la figura de la groupie  adolescente, frecuente en numerosas bandas de glam metal. Le hemos dedicado varios  episodios en mi programa “Novelones del Rock”, que están en Youtube.  

Y es casi obvio referirse a Elvis cuando, con su movimiento de pelvis, escandalizó a una  generación entera antes de convertirse en símbolo del siglo XX. Alguien dijo con gran criterio:  “La memoria suele ser indulgente con el pasado y despiadada con el presente”.  

Conclusión: nada nuevo bajo el sol.   

En conclusión, el álbum de Bad Bunny es parcialmente innovador. Despierta fibras, busca  identificación, sabe conectar con el latino y desde ahí se proyecta a las masas globales.  Está bien producido, suena como se espera dentro de su género y de un artista de su nivel.  Que fuese un álbum merecedor del Grammy a Álbum del Año se explica por la dimensión y  el mercado del artista y además el momento histórico, el producto y el mensaje fueron  contundentes.  No encuentro razones para odiarlo ni para negarle el estatus de artista. En el metal abundan  bandas a las que se les reprocha exactamente lo mismo y ahí seguimos apoyando.   

La lección es simple: no se puede odiar sin escuchar. Bad Bunny es un artista más dentro  de una oferta amplia, con suerte, buen manejo y una estrategia eficaz. La música es  diversidad, y abrir la mente no implica renunciar al gusto propio ni asumir una superioridad  moral.  

Algo está cambiando dentro de mi después de esta atenta escucha. Ya tengo una nueva  playlist para variar y confundir al algoritmo. Un nuevo tema de conversación, invitaciones a fiestas y nuevos amigos.  ¿Por qué no antes?  ¡Debi tirar mas fotos!!!  

  • Las opiniones son responsabilidad del autor. No comprometen a Roll The Radio.

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